Buenos Aires, 3 de Mayo del 2004. Hace bastante frío, y hay un cielo gris que amenaza con derrumbarse en cualquier momento. Ella camina al frente, con sus 75 años, la voz más finita que nunca y canas que resaltan contra su piel morena y dulcemente arrugada.
Me robaron seis veces desde Septiembre, me cuenta; ni un tenedor me dejaron. Y la denuncia sirvió nada más que para llenarse de papeles, en los que ahora cree poco y nada.
La que habla es Mary, la abuela de Walter Bulacio, y los robos, sostiene, se produjeron porque en los diarios salió que había cobrado una indemnización del estado.
Ella no había cobrado nada. Sabe que fueron intimidaciones; dice que los mismos policias que le tomaron las denuncias le mandaban a robar para mortificarla. Para que se calle, para que deje de andar ocmo anda ahora.
Walter Bulacio, su nieto de diecisiete años, fue detenido el 19 de abril de 1991 por la policía. Ese día, llegó tarde al recital que los Redonditos de Ricota daban en el estadio de Obras Sanitarias. Allí lo sorprendió una razzia policial de la Comisaría 35ª, a cargo de Miguel Angel Espósito. Lo llevaron detenido con otros 72 jóvenes. Pasó la noche en la seccional, donde se descompuso. Murió seis días después, y se convirtió en un símbolo de la lucha contra la represión y la impunidad.
Pero el asesinato de Walter no fue sólo un punto de quiebre; también fue un adelanto de lo que viviríamos en la década del 90 y en estos primeros años del nuevo milenio. Hoy los casos de gatillo fácil superaron holgadamente las 1500 víctimas. Y la impunidad sigue reinando.
Como una burla macabra, el asesino de Walter pasó apenas tres horas preso en estos 13 años; y si Bulacio es símbolo de la lucha contra la represión, Espósito, el responsable de su muerte, es un ícono de la impunidad..
Mary caminó el 3 de Mayo, como desde hace 13 años, hasta la casa de un asesino custodiado por vallas, policías de azul y de civil, y hasta una camioneta de vidrios polarizados.
Ella iba con paso apretado, rodeada por un grupo de familiares de víctimas del gatillo fácil, militantes de la Correpi y organizaciones de desocupados. Entre los manifestantes, una mujer llevaba un cartel que decía “cuando matan a un ser querido, o luchamos o morimos“.
Eran miradas sostenidas; de madres, de abuelas, de hijas y esposas las que se agolparon contra la vallas.
Allí estaba ella, en la primera fila, ocupando el centro de la escena. El muy basura ni asoma la cabeza, dice. Y entonces Mary levanta el brazo, y con sus manos chiquitas arroja nos cuantos huevos contra la fachada donde se refugia el comisario.
Lo hice con amor, con odio, con dolor, con fuerza. Grita ¡asesino! y muchos la acompañan haciendo un esfuerzo con la garganta..
Luego posa sus manos sobre las rejas y, por un momento, llora con un silencio que a muchos se les clava el corazón.
Walter Bulacio fue detenido por obra y gracia de los edictos policiales. En su caso se utilizó una norma interna de la Policía Federal, conocida como el “memo 40“, que permitía que la policía decidir a discreción que hacer con los menores detenidos, dejándoles la posibilidad de notificar o no al juez. Esa regla, mantenida hasta entonces en secreto, fue derogada junto a los celebres edictos policiales como consecuencia de la lucha que desató el asesinato de Walter.
La Justicia de Walter
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