¿Cuánto de leyenda
puede caber en una existencia, de modo tal, que permaneciendo
en aquella aura que envuelve a los grandes, gozase de todos
y cada uno de los sabores del hombre común?
En esa respuesta, más bien, en esa encrucijada entre
la gloria y la cotidianeidad, estaba Pappo. Sólo
él, desfilando entre caídos, inolvidable mensajero
de melodías perdidas.
Y uno que se deleita gracias a aquellos inalcanzables cadáveres
desbordantes de pulsiones vitales, uno que vibra con los
sonidos etéreos que esos cuerpos ofrecieron incondicionalmente,
uno que siente que las venas se le hinchan cuando perciben
a Lou Reed; que siente el vigor, la pasión del abismo
rasguñando la heroica garganta de Janis Joplin; que
se impregna de sensualidad ante los contorneos de Hendrix
y su implacable compañera que por sí sola
se incendia; uno que acecha la vigilia plagada de imágenes,
de las ácidas y dramáticas sensaciones que
sugiere Pink Floyd, que luego sueña con Lennon una
paz mundial que parece tan accesible como interior; uno
que levanta el estandarte de la libidinosa y sarcástica
adolescencia eterna de los Rolling Stones, que expande el
diámetro normalmente alcanzado por los sentidos al
mando de un Jim Morrison que se asemeja a un niño,
con todo lo de permeabilidad y sabiduría que sugiere;
uno que desangra sus oídos y penetra en el ondulado
trance al que invita Led Zeppelin, extasiándose ante
la obra humana que ha logrado dibujar en su música
las camaleónicas curvas y las variadas magnitudes
del fuego...
Y uno es joven, uno los escucha sabiendo que le son tan
intangibles como ciertos... uno que sabe que existió
de veras Luca , uno que observó con los labios apretados
partirse en dos a Patricio Rey... que, casi existencialistamente,
abre bien los ojos para no perderse nada, pero lo que ve
es un rock vapuleado, un under al que se le está
cayendo el pelo.
Y que ahora, ante la muerte de Pappo, siente la tristeza
de saberse huérfano, como todo el rock argentino
actual. De haber perdido, ahora sí, cualquier vestigio,
cualquier conexión, por diáfana que fuera,
con aquellos años en los cuales se gestó una
criatura tan frondosa como voraz, tan antigua como recién
nacida. Y Pappo era aquella aceitada bisagra entre lo que
hay y lo que fue, la leyenda de carne y huesos. De Pappo
bien podíamos escuchar historias de excesos puros,
de placeres sinceros, cuentos de rock que nos acunaron los
oídos, similares a las que alguna vez nos narraron
de Elvis... pero el Carpo estaba vivo! Allí, de cuerpo
presente en el escenario, arañándole hondos
gritos de placer a una voluptuosa hembra de madera, expresándose
como sobreviviente que era de años signados por una
turbadora conjunción de sangre e imaginación,
de realidad alucinada.
Pappo constituía una criatura imposible, un hombre
que era de todos y de nadie, una mixtura de sonidos, de
posturas ante la vida y la sociedad, siempre menguadas por
su acertada coherencia.
ALDANA ARGÜELLO